¿Dónde está la llave? Matarile, rile, rile… A saber. A saber dónde. No es fácil. No hay detector de metales que dé con ella. Desde aquél día en que un mal nacido la tiró por la borda de su yate en alta mar, no ha habido Cousteau que la rescate. Y mira que hay currelas que se pasan horas ideando planes para dar con ella, pero nada. Por ende, la puerta sigue cerrada.
El senegalés, Ismael Lo, ya vino el año pasado en busca de la llave por estos mares de tierras calmas y llanas, y lo intentó. No sé yo si dio mucho resultado. Al menos, Mendizorrotza estuvo lleno. La gente se unió a la búsqueda. Este año, el viernes pasado, 28 de marzo, Akli D ha repetido empresa. Todo sea por una buena causa. La música es un buen cepo en la lucha contra el racismo y la xenofobia. A ver si un año de estos el monstruo pica.
Total, que estábamos allí 25 coma dos y el de los geranios del séptimo (traducido, que había bastante gente, pero también espacio para bailar y vernos las caras) bailando y dando brincos sin desmesuras (que esto es Vitoria, claro). Pero no crean, había muy buen ambiente. En primera fila, bajo el escenario, un grupo de nor-africanos bailaba alegremente. Todos hombres, sin dulzor femenino, bailaban e invitaban a la gente a seguir los ritmos. Fue exótico. En la calle no se aprecian estas cosas.
Así que formábamos un revuelto más peculiar que las ensaladas veraniegas de Arguiñano: desde níveos trasnochados, hasta la piel más azabache. Todos movimos nuestros anquilosados traseros con los ritmos de Akli D.
Mientras bailabas, te mirabas con el de adelante, que se giraba para pedirte disculpas por pisarte, con el de atrás, porque te girabas para pedirle disculpas por pisarle, con el de al lado, porque se le caía el abrigo y se lo recogías, y con el del otro lado, porque se te caía un poco de bebida, con el meneo, y que menos que un "lo siento". Las miradas volaban. Hablaban. Todos buscábamos la llave. Buceábamos en ese mar de diferencias, donde nuestros dioses, tradiciones, lenguas y colores nos separan tanto, aún viviendo unos al lado de otros. Buceábamos, sonreíamos, y nos dábamos esperanzas cediéndonos espacio para el baile, respetando el aliento, compartiendo la música. Navegábamos en el mismo barco. Una misma tripulación, buscando la llave que abre la puerta contra el racismo.
Akli D finalizó. Vino el silencio. Las miradas se recogieron. Desalojamos la sala. No sé si alguien encontró la llave pero, no hubo celebración de hallazgo: la mezcla se disolvió. De allí, cada uno partió por su camino. Fin del viaje. ¿Y la llave? Sigo buscando.
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